No pasaba de los cinco. Se subió al autobús, me miró fijamente - adentrándose con esos ojos intensos- y me ofreció un caramelo. Se fue a la ventana, se entretenía contemplando una fila de carros, un tráfico infernal y simétrico, aquello era como ver la libertad o lo más cercano a ello. Era como volar hacia otra realidad.
A eso de las 9:00 de la mañana era lo más cálido que observaba.
Careta, casi rubia, abstraída. Menos de dos minutos duró la magia. Luego me vio y con esos ojos me habló. Era una pequeña presa, una nena a la que le robaron la inocencia. Alguien que pedía la quinta, sexta o décima limosna para sobrevivir al día.
No era más amiga de los dulces, no era más una niña, si los comía desaparecía su verdadero alimento.
No recibió nada para su sustento, bajó y se despidió. Nunca vi unos ojos tan tristes que se los llevara el viento.