13/11/21

Guatemala

Llegué con un dolor incrustado a Guatemala. Escribí mucho y compartí poco. El mundo observó como me derrumbaba en cada trayecto, ventana, cuarto y rincón al que me acomodaba. 

Estaba rota y solo existían días grises y lágrimas. Mucha lluvia y gente que  me agarraba, me levantaba. Rota, tanto, que aún duele recordarlo. 

A pesar de todo, me enamoré de Guatemala porque en la oscuridad me mostró el consuelo, me devolvió la fuerza, me dejó llena de lugares que, quizá, no disfruté como debía. Pero, por primera vez, llevándome a esos sitios sola. 

En San Juan la Laguna inicié el proceso. Me conecté, me abracé y vi hacia adentro. Atitlán me bautizó tras tantas lágrimas. Agua bendita. Ese lago que atestiguó un llanto de media hora en lancha, en medios de extraños, entre las las ruinas de mi corazón. 

Ahí recordé todas las veces que te negaste a acompañarme a todos los lugares. Y mírame ahora, necesitaba alejarme para guiarme y llevarme a los rincones más lindos del mundo. 

Gracias, Guate, gracias. 



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